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Prof. Guadalupe Jiménez Codinach
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Autor: Federico García Lorca
Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.
Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura enemiga de la nieve.
Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué para darte por mi pecho
las letras de marfil que dicen “siempre.
Siempre, siempre”, jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
Y por ende, hay un poema que hace referencia a la leyenda.
Granada, calle de Elvira
Federico García Lorca - Paco Ibáñez
Granada, calle de Elvira,
donde viven las manolas,
las que se van a la Alhambra,
las tres y las cuatro solas.
Una vestida de verde,
otra de malva, y la otra,
un corselete escocés
con cintas hasta la cola.
Las que van delante, garzas
la que va detrás, paloma,
abren por las alamedas
muselinas misteriosas.
¡Ay qué oscura está la Alhambra!
¿Adónde irán las manolas
mientras sufren en la umbría
el surtidor y la rosa?
¿Qué galanes las esperan?
¿Bajo qué mirto reposan?
¿Qué manos roban perfumes
a sus dos flores redondas?
Nadie va con ellas, nadie;
dos garzas y una paloma.
Pero en el mundo hay galanes
que se tapan con las hojas.
La catedral ha dejado
bronces que la brisa toma;
El Genil duerme a sus bueyes
y el Dauro a sus mariposas.
La noche viene cargada
con sus colinas de sombra;
una enseña los zapatos
entre volantes de blonda;
la mayor abre sus ojos
y la menor los entorna.
¿Quién serán aquellas tres
de alto pecho y larga cola?
¿Por qué agitan los pañuelos?
¿A dónde irán a estas horas?
Granada, calle de Elvira,
dónde viven las manolas,
las que se van a la Alhambra,
las tres y las cuatro solas.
Bien, si el poema se puede interpretar como el encuentro sexual casual de cuerpos en un campo de centeno, el personaje de Holden lo adapta hacia lo que él piensa que debe hacer, esto es, proteger a los niños que pueden estar jugando en un campo de centeno limitado por un acantilado y que Holden los sujeta para que no vayan a caer por el precipicio.
Lo anterior, se interpreta como que Holden quiere proteger a los niños para que no pierdan su inocencia en el mundo de los adultos.
Holden aprecia la candidez y gracia de los niños pequeños mientras que desprecia a los adultos por sus hipocresías y falsedades.
A continuación el fragmento del diálogo entre Holden y Phebe:
"No sé si Phoebe entendía o no lo que quería
decir porque es aún muy cría para eso, pero al menos me escuchaba. Da gusto que
le escuchen a uno.
—Papá va a matarte. Va a matarte —me dijo.
Pero no la oí. Estaba pensando en otra
cosa. En una cosa absurda.
—¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir?
—¿Qué?
—¿Te acuerdas de esa canción que dice, «Si
un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...»? Me gustaría...
—Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo,
cuando van entre el centeno»
—dijo Phoebe—. Y es un poema. Un poema de
Robert Burns.
—Ya sé que es un poema de Robert Burns.
Tenía razón. Es «Si un cuerpo encuentra a
otro cuerpo, cuando van entre el centeno», pero entonces no lo sabía.
—Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro
cuerpo» —le dije—, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de
niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero
decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un
precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto
empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso
es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián
entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría
hacer. Sé que es una locura. Phoebe se quedó callada mucho tiempo. Luego,
cuando al fin habló, sólo dijo:
—Papá va a matarte."
A continuación, un fragmento de A MOVABLE FEAST (En español: París era una fiesta) donde Hemingway se refiere al término de Generación Perdida que salió a
colación en un diálogo con Gertrude Stein, mientras vivían en París:
“Estábamos de vuelta del Canadá y vivíamos en la rué
Notre-Dame-des-Champs y Miss Stein y yo éramos todavía buenos amigos, cuando
ella lanzó el comentario ese de la generación perdida. Tuvo pegas con el
contacto del viejo Ford T que entonces guiaba, y un empleado del garaje, un
joven que había servido en el último año de la guerra, no puso demasiado empeño
en reparar el Ford de Miss Stein, o tal vez simplemente le hizo esperar su
turno después de otros vehículos. El caso es que se decidió que el joven no era
sérioux y que el patrón del garaje le había reñido severamente de resultas de
la queja de Miss Stein. Una cosa que el patrón dijo fue:
«Todos vosotros sois une génération perdue»
-
Eso es lo que son ustedes. Todos ustedes son
eso – dijo Miss Stein -. Todos los jóvenes
que sirvieron en la guerra. Son una generación perdida.
-
¿De veras? – dije.
-
Lo son – insistió-. No le tienen respeto a
nada. Se emborrachan hasta matarse…
-
¿Estaba borracho ese joven mecánico? –
pregunté.
-
Claro que no.
-
¿Usted me ha visto alguna vez borracho?
-
No. Pero sus amigos son unos borrachos.
-
A veces me he emborrachado – dije – Pero no
la visito a usted cuando estoy borracho.
-
Desde luego que no. No dije eso.
-
El patrón de ese muchacho estaba
probablemente borracho a las once de la mañana – dije – Así le salen de hermosas
las frases.
-
No me discuta, Hemingway – dijo Miss Stein –
No le hace ningún favor. Todos ustedes son una generación perdida, exactamente
como dijo el del garaje.
Cuando, luego puse las palabras del garajista referidas
por Miss Stein como epígrafe de mi primera novela, procuré equilibrarlas con
una cita del Eclesiastés. Pero aquella noche, mientras caminaba de vuelta a
casa, pensé en el muchacho del garaje y me pregunté si alguna vez le habrían
transportado en uno de aquellos vehículos que reparaba, precisamente en un Ford
T cuando los tenían convertidos en ambulancia. Me acordé de cómo se quemaban
sus frenos bajando por las carreteras de montañas con toda una carga de heridos
hasta que para frenar había que poner la primera y finalmente la marcha atrás,
y de cómo los últimos ejemplares que quedaban fueron despeñados por una
pendiente, vacíos, para que tuvieran que reemplazarlos por grandes Fiat con
buenos cambios en H y con frenos metálicos
Pensé en Miss Stein y en Sherwood Anderson y en lo que
significan el egoísmo y la pereza mental frente a la disciplina y me dije:
¿quién trata a quién de generación perdida? Y cuando llegué a la altura de la
Closerie des Lilas y la luz daba en mi viejo amigo, la estatua del mariscal Ney
blandiendo la espada con las sombras de los arboles en su bronce, y allí estaba
él solito y nadie seguía su avance y en menudo fregado se metió en Waterloo,
pensé que todas las generaciones se pierden por algo y siempre se han perdido y
siempre se perderán, y me senté en la Closerie para hacer compañía a la estatua
y me tomé una cerveza muy fría antes de volver a casa, al piso encima de la
serrería. Pero mientras me estaba allí sentado frente a mi cerveza, mirando la
estatua y pensando en los muchos días que Ney pasó peleando en retaguardia en
la retirada de Moscú, cuando Napoleón ya había tomado la delantera en el coche
de Caulaincourt, me acordé de que Miss Stein había sido una amiga buena y
cariñosa y qué hermosas cosas decía de Apollinaire y contando su muerte en el
día del armisticio en 1918 cuando la multitud chillaba por la calle ‘A bas
Guillaume’ y Apollinaire en su delirio creía que iba por él y me dije, voy a
hacer cuanto esté en mi mano por serle útil y para que se den cuenta que ha
escrito cosas muy buenas y lo haré siempre con la ayuda de Dios y de Mike Ney. Pero
al cuerno con sus sermones de generación perdida y con toda la porquería de
etiquetas que cualquiera puede ir por ahí pegando. Cuando llegué a casa y crucé
el patio y subí las escaleras y me encontré a mi mujer y a mi hijo y a F. Puss
que era el gato de mi hijo, todos contentos y con fuego en la chimenea, le dije
a mi mujer:
-
Sabes, Gertrude es una buena mujer, al fin y
al cabo.
-
Claro que lo es, Tatie.
-
Pero a veces dice la mar de disparates.
Nunca la he oido hablar - dijo mi mujer - Yo soy una esposa. A mí me da conversación su amiga.»
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